Ahora entiendo a la gente que llora en las graduaciones. No se por que motivo, pero lo sentimientos normales de un acontecimiento se desarrollan en mi con retardo de varios meses.
Y es que quizás las expectativas que pongo sobre las cosas son erróneas, o por lo menos, una parte de ellas.
El siempre, pocas veces es eterno, y resulta que lo que parecen amistades tan ciertas como el tacto de las teclas del ordenador en este momento, se vuelven suporíferas, efímeras.
Todo el mundo elige su camino, o por lo menos eso parece, y puede que en el fondo estén igual de perdidos que yo, pero sus fuerzas y apoyos se ven mejores.
Y ahora es cuando me doy cuanta de lo que implican los cambios. Cada uno toma una dirección, y ninguna sigue el mismo camino que la mía, todas tienen pasos agigantados y grandes esperanzas, pero yo me veo pequeña y sola.
La amistad es un bonito regalo, y quizás no nos damos cuenta de ello hasta que vemos a una amiga en Madrid y a otra que de lo cerca que está, resulta que no la ves nunca.
Las relaciones se mueven, conoces gente nueva, y puede que hasta sientas la obligación de rellenar huecos que aun no están vacíos, y todo en parte, por el miedo a quedarse sola.
La soledad, enemigos de tantos aun que en momentos ansiada, pero, ¿quién busca la soledad perpetua?
Nadie.
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