Todavía recuerdo cómo iba vestida. Tan sólo llevaba unas bragas de colores con una camisa de cuadros. Abierta.
Caminaba descalza, sin apenas hacer ruido. Con cada movimiento dejaba ver un poco más la línea de su cuerpo. Insinuandolo todo y no enseñándome nada. Llevaba el pelo suelto y alborotado, como siempre, y bajo las gafas aún tenía los ojos pintados.
No dejaba de poner esa cara tan suya. ¿Cómo podía estar tan guapa enfadada? Simplemente andaba de un lado para otro, sin hablar.
Se quitó la camisa con tanta facilidad y delicadeza que parecía un poema, y fue a los cajones para coger aquel camisón, el que tanto me gusta, el rosa cortito, con dibujos de osos.
¿Cómo una prenda puede quedar tan bien en un cuerpo? Parecía imposible verla más guapa, pero con cada paso que daba, se volvía brillante con ese ceño fruncido, que por bandera llevaba.
El camisón le hacía una niña. Hasta que el tirante se le caía del hombro. Sólo una mujer, podía ser tan sexy con un camisón de ositos.
Se tumbó en su lado de la cama, susurró un «buenas noches, capullo» a la vez que me daba la espalda.
Al menos no me había mandado a la mierda, o lo que es peor, al sofá.
Sabía que estaba enfadada, y que llevaba ese camisón adrede. Sabía que me quería. Y ella sabía que la quería. Pero lo que nunca le dije era lo bien que le sentaba esa cara de enfado, o los andares reales que hacía con el camisón de ositos.
Respiré hondo, y le susurré también «buenas noches, cruela»
Noté su sonrisa, y ella la mía. Le di la espalda también, y nos dormimos sin más.
Recuerdo esa noche. Y recuerdo tanto, lo mucho que la quería.
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