De niña me gustaba meterme en el armario para que me buscasen por mi casa. Con el paso de los años una ve como el armario es buen escondite.
Ahora entro cuando lloro. La gente no busca lloronas en los armarios, y mientras yo, entre la oscuridad y el olor a mi misma, me relajo y dejo de llorar.
Lo malo es salir. Ningún día me había costado tanto como hoy.
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